Arquitectura: El cine del arquitecto [Frank Lloyd Wright].
La arquitectura es la poesía de la ciudad y la geometría de la memoria. (Vie Ago 29 2008)
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La arquitectura es la poesía de la ciudad y la geometría de la memoria. Lo aprendí leyendo los libros maestros de Aldo Rossi, de Ganillo Sitte y de otros escritores de esos espacios que son los edificios, a los que me condujo la pasión adquirida en mi infancia por esta disciplina. La culpa la tuvo la película El Manantial de King Vidor sobre una visión idealizada y libre del arquitecto Frank Lloyd Wright. Aquella película me enseñó a mirar hacia arriba, a leer la ciudad y a educar esa pasión formada por muchas lecturas especializadas y por muchas películas como Metropolis de Fritz Lang y la moderna ciudad industrial, París dormido de René Clair, donde lo real se manifiesta como espectáculo, Ciudadano Kane de Welles, Mi tío de Jacques Tati, con la mirada cómica sobre la controvertida relación entre espacios públicos y privados, Blade Runner y sus rascacielos como paradigma del vértigo de la modernidad siempre inconclusa, junto a otros títulos cinematográficos y documentales sobre los que muchas veces he charlado con arquitectos amigos como Salvador Moreno Peralta, Alejandro Vicent, Hernández Pezzi y especialmente con Francisco Peñalosa. Hablar con ellos acerca de la ciudad, las ciudades, la creación de equipamientos públicos, de la razón de las formas, de la presión de los poderes fácticos y de la obligación de entender el contexto y el tiempo en los que se construyen los espacios humanos, es siempre un placer intelectual que enriquece la sensibilidad. En el caso de Paco Peñalosa, al que la muerte no le dio tiempo de mantener una conversación en la que él la hubiese envuelto con su ironía, su humor surrealista, su enorme bagaje cultural y con la invitación a otro dry martín, charlar sobre su disciplina suponía siempre un necesaria puesta a punto de la mirada crítica, de la sinceridad y la independencia con la que siempre defendió sus posturas. Igual que hizo durante mucho tiempo, junto con Rosario Camacho y otros amigos, con el silo al que ninguno logró salvar.
Málaga ha perdido con Peñalosa a un arquitecto humanista para el que la ciudad debe contemplarse desde la antropología, el arte, la economía, la novela, la política, la filosofía y la memoria, decididamente dispuesto a que el espacio no fuese un contenedor sin significado, un producto de esa extendida catetez que mitifica lo nuevo, que glorifica el XIX y que considera el pastiche, que durante mucho tiempo triunfó en Málaga, una obra de arte. A él le debe también Málaga el que el Colegio de Arquitectos, del que fue decano, representase en los años ochenta un faro de vanguardia, un lugar en el que la cultura contemporánea contribuyó a cambiar una ciudad páramo. En esa labor estuvo asistido por Tecla Lumbreras, por muchos escritores, pintores, músicos y siempre por su cómplice y amigo Salvador Moreno Peralta, objeto de bromas por su conocida impuntualidad y con él mantuvo discusiones intelectuales y divertidas que bien podrían recogerse en un libro completado con sus finas columnas periodísticas y esos monólogos que Peñalosa regalaba a su amigos durante un paseo por La Malagueta o durante el aperitivo. La muerte nos ha privado de él en un momento donde el arquitecto segoviano estaba volcado con la rehabilitación del cine Echegaray. Un símbolo que quería recuperar y del que últimamente hablaba sin parar, contagiándonos de su pasión por la arquitectura, por el cine, por una ciudad a la que amaba este entrañable francotirador de la arquitectura cuya alma nunca debe venderse al mejor postor.
Guillermo Busutil
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