Lo primero que choca al recién llegado a Sydney es el protagonismo que cobra el agua en la vida diaria de la ciudad. Alrededor de la bahía se encuentran los focos más estratégicos de la gran urbe. Por sus aguas navegan los ferries trasladando turistas de un sitio a otro, a escolares británicamente uniformados con las cintas de sus sombreros al viento, a oficinistas que bajan en la parada fluvial más cercana al trabajo.
Se cruzan con las zodiacs-taxi pintadas de amarillo a lo neoyorquino, y hasta cafeterías acuáticas que venden cafés y helados a los muchos seres que pululan por las aguas, más que azules, de la bahía de Sydney.
-Su flora es distinta, su fauna también, y se podría afirmar que la bahía de una de sus principales ciudades, Sydney, es diferente a las demás bahías del mundo.-
El Circular Quay es el intercambiador naval de la ciudad. De allí salen los ferries, los taxis en esta ciudad australiana. Parten también los catamaranes de placer que dan la vuelta a la bahía, sirven cremosas ostras australianas, y un cordero exquisito con mermelada de menta, todo ello regado con vino australiano.
La joya del Circular Quay es la reproducción del velero del Capitán Cook, descubridor de la tierra austral, que ahora realiza un crucero de tres días rumbo al noroeste, hacia Queensland, en donde desembarca al pasaje, acompañado por los cañonazos y los vítores de las gentes de Port Maquarie, que les reciben como si realmente fuera la primera vez que atisban al hermoso velero en su horizonte.
Navegar en ferri.
Embarcando en uno de los ferries del Circular Quay se llega al Zoo de Toronga que ofrece a sus animalitos y a todo aquel que lo visita unas vistas insuperables de la bahía, con la Ópera de frente. Durante el paseo naval se observan, a orillas del agua, las mansiones que decoran el litoral de la ciudad de Sydney.
Y siguiendo el navegar del mismo barco se llega a Manly. Playa de moda donde los surferos están en su gloria deslizándose por las olas de hasta cuatro metros o bebiendo las doradas pintas en los pubs de la zona peatonal llamada El Corso, mientras bandadas de pájaros de todo tipo y color sobrevuelan los pinos del paseo marítimo, buscando su rama para pasar la noche.
De vuelta al Circular Quay, al amparo del Harbour Bridge están los Rocks. Las metrópolis cambian cada vez más deprisa, y en las del Nuevo Mundo el cambio es fulminante. Poco que dejar atrás y mucho que ganar por delante.
Tal es el caso de los Rocks, en donde a finales del siglo XVIII los buques cargados de mercancía humana, procedentes de Inglaterra, depositaban a los convictos que nos les cabían en sus cárceles inglesas.
Hoy en día, tienen un propósito más liviano y sus muros de ladrillo rojo con rejas negras y resistentes en las ventanas albergan acogedores restaurantes y tiendas de artesanía, donde se pueden encontrar boomerangs genuinos e incluso aprender a tirarlos para que vuelvan, y divertidos teléfonos aborígenes, como se le llama familiarmente al bullroar, palo pintado con alegres tintes del que se obtiene un sonido grave.
Antiguamente se utilizaba para comunicarse entre las tribus, y más que nada, para evitar que los niños y las mujeres se acercaran a los lugares sagrados al escuchar su trémulo aviso.
La sonrisa de Sydney.
El Darling Harbour tampoco es lo que era. Otrora, almacenes portuarios, guetos chinos y fábricas de dudosa reputación que le hizo ganarse el nombre de Cockle Bay o la pila sucia de Sydney», hoy es una de las zonas más atractivas de la ciudad. El monorraíl cruza sus puentes, El Acuario y el cine Imax decoran sus orillas, sin contar las tiendas, los restaurantes y los bares de moda, a los que se puede llegar en barco, que amenizan el Darling Harbour, especialmente en la noche.
-Visita virtual por la Opera de Sydney.-
La carota de Luna Park sonríe y le da a la bahía un toque de color. Antiguo parque de atracciones, tiene un aire de los años treinta con su casa de espejos deformantes, el suelo movedizo, el gong para exhibir la fuerza.
Algodón dulce, música de pianola y una noria desde donde se divisa a los intrépidos que, atados por cuerdas, trepan por el Harbour Bridge, masiva obra de ingeniería construida entre 1923 y 1932, que con la Casa de la Ópera se ha convertido en monumento emblemático de la ciudad de Sydney, dejando un sello muy especial en su hermosa bahía. Curiosamente, cuando el arquitecto Jorn Utzon, que ya había diseñado la Ópera en el año 1957, la comenzó a construir en el 1959, ésta no contó con muchos novios. Se abrió al mundo en 1973 y su metamorfosis bautismal pasó desde conchas marítimas hasta barco de vela. Desde monjas esculpidas en piedra, hasta catedral modernista. Y por fin, tras un período de acoplamiento, se fundió perfectamente con su entorno acuático, le dio un significado nuevo a la bahía y terminó por ser la esencia de Sydney y una de las obras arquitectónicas más hermosas del mundo.