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La arquitectura mexicana del siglo XX en seis proyectos

Del Museo de Diego Rivera a la Ciudad Universitaria. Una selección de Fernanda Canales. (Dom, 30 Abr 2017)
La arquitectura mexicana del siglo XX en seis proyectos Museo Anahuacalli. Ciudad de México, 1945-57. Diego Rivera con Juan O'Gorman y Ruth Rivera. El Museo de Diego Rivera unió el legado prehispánico y la influencia del surrealismo con las posibilidades técnicas de la arquitectura moderna.

Sin embargo, su construcción, que tardó doce años, fue un manifiesto en contra de las formas prestadas del Estilo Internacional y replanteó el papel del arquitecto, eliminando las fronteras entre arte, historia, cultura y arquitectura. Exaltación de los valores nacionalista, tras la muerte de Rivera, fue concluido por su hija Ruth y por Juan O'Gorman.



Nonoalco-Tlatelolco. Ciudad de México, 1964. Mario Pani y Luis Ramos Cunningham. Nuevos bloques de vivienda para las capas sociales emergentes junto a las ruinas prehispánicas. Tlatelolco materializó para 100,000 habitantes un nuevo modelo de ciudad ordenada y eficaz.

Sin embargo, solo cuatro años después de inaugurarse escenificó las contradicciones y los fallos de esa visión totalizadora.

La matanza de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas cristalizó la ruptura de la mirada homogénea promovida por la idea de unidad nacional. A su vez, el derrumbe de varios edificios del conjunto tras el terremoto de 1985 evidenció el desplome de las estructuras de poder, del concepto de ciudad "moderna" y de la fe en el progreso lineal.



Ciudad Universitaria, en la imagen: Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, Ciudad de México, 1952. Juan O'Gorman, Gustavo Saavedra y Juan Martínez de Velasco. Considerado el paradigma de la modernidad en México, la Ciudad Universitaria fue un trabajo orquestal en el que participaron más de 100 arquitectos, además de artistas, paisajistas e ingenieros.

Bajo el plan maestro de Mario Pani y Enrique del Moral, la obra marcó la expansión de la ciudad y definió el carácter de la arquitectura mexicana de mediados del siglo XX.

En el paisaje virgen del Pedregal, al sur de la ciudad, sintetizó la carga histórica de la vecina zona prehispánica de Cuicuilco, el carácter del paisaje volcánico del sitio y la influencia de las tradiciones artísticas y las formas modernas. Inaugurada en 1952 con obras como la Bilblioteca Central de Juan O'Gorman, los frontones de Alberto T. Arai y el Estadio de Augusto Pérez Palacios, consolidó el concepto de integración plástica promovido por el movimiento muralista.



Conjunto Habitacional Belén de las Flores. Ciudad de México, 1954. Carlos Lazo. Repensar los modelos de vivienda llevó a Carlos Lazo (Gerente General del proyecto de construcción de Ciudad Universitaria) a construir en 1954 un experimento de habitación mínima: 110 casas escarbadas en la montaña.

Las “cuevas civilizadas” planteaban la integración del hombre y la naturaleza. Las viviendas, de 60 metros cuadrados, se insertaron en el paisaje curvo a partir de siete terrazas o escalonamientos que contenían los espacios y funcionaban como circulaciones y patios de servicio. La cocina y el baño constituían un núcleo de servicios prefabricado, que junto al gran ventanal hacia el exterior, contrastaba con el carácter vernáculo del conjunto. El mensaje: la tecnología moderna debía atender las lecciones del paisaje y la tradición.



Capilla abierta. Cuernavaca, Morelos, 1959. Guillermo Rossel, Manuel Larrosa y Félix Candela. Ejemplo de tropicalización de la arquitectura moderna en México, surgió a raíz de las bonanzas del clima y el deseo de renovación.

Para Canales representa “la síntesis del conocimiento técnico aportado por los arquitectos del exilio español y la libertad hallada en territorios prácticamente vírgenes”.

Con cerca de 22 metros de altura y apenas unos centímetros de estructura de hormigón, “es el sueño de una arquitectura liviana hecha realidad gracias a los arriesgados cálculos de Candela”.



Torres de Satélite. Naucalpan, Estado de México, 1958 Luis Barragán y Mathias Goeritz. Esta escultura urbana “una isla de concreto e medio de la autopista” inaugurada en 1958 por Luis Barragán y Mathias Goeritz fue para Fernanda Canales un emblema del progreso y una celebración de la vitalidad de una capital en expansión.

Urbanísticamente, las torres definieron el nuevo desarrollo hacia el noroeste y se convirtieron en el símbolo de la metrópolis moderna.

Considerada como la primera obra de arte hecha para ser vista en movimiento desde un automóvil, ofrece una perspectiva cambiante gracias al colorido intenso de 5 torres triangulares con alturas que varían entre 30 y 50 metros.


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COMENTARIO. , 2017-03-25
Comentarios por: CLARA
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