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El edificio predilecto de Rafael Moneo

El creador español experimentó algo parecido a un éxtasis sensorial cuando visitó por primera vez el templo turco en 1964. (Dom, 23 Ago 2015)
El edificio predilecto de Rafael Moneo La dificultad comienza con el singular. Hablar de edificios favoritos en plural hubiese sido más fácil”, protesta Rafael Moneo. Hay decenas de obras –de la Fundación Rodríguez Acosta de Granada al Panteón de Roma– en las que siempre descubre algo nuevo y que configuran su “idea de la arquitectura”.



Con todo, el autor del Kursaal de San Sebastián confiesa que el recuerdo de Santa Sofía de Constantinopla se impone. Y lo razona explicando algo que con frecuencia olvidamos: “El encuentro con una obra de arquitectura es, ante todo, una experiencia sensorial”. Él llegó a ese “encuentro” el segundo año que pasó como becario en la Academia de España en Roma. Corría 1964. Los obligaban a viajar, y tras Grecia llegó en barco a Estambul. Tiene remota memoria del hotel donde se alojó, “pero muy clara de la entrada en el edificio que tantas veces había imaginado”.



Aunque insiste en que es en el espacio donde la arquitectura se manifiesta en su plenitud –y Moneo cree que Santa Sofía lo corrobora–, explica que “sentirse en aquel ámbito no daba pie a reflexión alguna”. “Se apoderaba de nuestros sentidos por completo y, a lo sumo, nos hacía pensar que la arquitectura se nos manifestaba en todo su esplendor, como realidad inexcusable”. Recuerda que el espacio se le hacía presente: “Como el aire que respirábamos –un aire convertido en haces de luz– o como el inesperado cielo: una cascada de cúpulas y bóvedas”.



El único Pritzker español recuerda que la experiencia sensorial de aquel espacio fue tan fuerte que no advirtió la presencia de ningún elemento arquitectónico. “Nada reclamaba nuestra atención. Ningún punto de fuga nos obligaba a orientarnos tiranizando la mirada. Ningún ornamento nos distraía. El todo de aquel espacio prevalecía”. El autor de la catedral de Los Ángeles considera importante dejarse afectar de esta forma por la arquitectura.



“Sólo tras la experiencia sensorial uno puede entender la arquitectura distanciándose de ella”. Así, apunta que el espacio de Santa Sofía no está jerarquizado mediante los habituales mecanismos de repetición. Y explica que mientras una catedral gótica es siempre hija de un proceso de construcción, Santa Sofía es la invención de un constructor.



“Santa Sofía hay que entenderla asociada al último Imperio Romano y al traslado de su capital. Así, el edificio procede de los espacios abovedados y cupuliformes romanos, pero manejados con tal libertad y con una conciencia de la técnica que dan pie a la invención”. Por eso Moneo advierte de las mezquitas supuestamente basadas en ella a las que les falta “la frescura de la que fue su modelo y les sobra perfección constructiva”.



El arquitecto navarro recuerda que Santa Sofía ha tenido distintos usos y ha servido a distintos credos. Por eso no se atreve a calificarla de histórica –como las pirámides o el Partenón, “a los que irremediablemente nos acercamos desde la historia”–. Para Rafael Moneo, Santa Sofía está viva: “Sigue permitiéndonos percibir cuasisensorialmente, sin mediación alguna, lo que llamamos arquitectura”. Y añade que, al tener que explicarla, le han entrado de nuevo ganas de volver a verla, “esperando que una vez más se repita la experiencia que he tratado de describir”.







Rafael Moneo

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