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De la cueva al loft

Condensar la evolución de la Humanidad en 600 páginas. 'La casa' es un rotundo ejercicio de estilo, un tratado de arquitectura, un catálogo de Ikea filosófico, un experimento que expande las narrativas del cómic. (Dom, 22 Nov 2015)
De la cueva al loft Escenario del yo, espacio de lo cotidiano, el interior de la arquitectura, pero también del individuo. Esto es, la casa, un espejo de quien la habita, una biografía contada por los objetos, la decoración, la atmósfera... De las cavernas al loft más moderno, milenios de evolución plasmados en el monumental volumen La casa. Crónica de una conquista,seis años de trabajo del artista Daniel Torres que Norma acaba de publicar en una edición de auténtico lujo. Casi 600 páginas, una galería de estilos que van del art déco al retrofuturismo o la línea clara francobelga, un despliegue de bellísimas ilustraciones y un experimento narrativo de primer nivel. Definir un artefacto literario y artístico como La casa resulta, cuanto menos, esquivo. ¿Tratado de arquitectura?¿Crónica histórica? ¿Libro de antropología?¿Cuaderno de viaje?¿Una crítica social? ¿Álbum ilustrado del pasado? ¿Una tesis experimental?Todo eso y más: un catálogo de Ikea filosófico, un paseo por la historia de la humanidad, un ejercicio de estilo que eleva el lenguaje y la gramática del cómic a un arte total, poliédrico, versátil y con infinitas posibilidades.

«En mi ideario como autor, la arquitectura siempre ha sido un personaje más de las historietas.Una casa o un edificio se convertían en otro personaje, que hace cambiar la historia, puede transformar a quien la habita. Y quise llevar eso al límite. Si las casas tienen ADN, entonces tienen antepasados y hay que buscar sus características a lo largo de la Historia», explica Daniel Torres, que con 17 años empezó dos carreras en la Universidad de Valencia, Bellas Artes y Arquitectura.

Aunque en el segundo curso abandonara Arquitectura, Torres siempre ha tenido una mirada de arquitecto, que refleja en alzados, planos, maquetas y mapas. De hecho ,La casa vendría a ser la fusión perfecta de Bellas Artes y Arquitectura. «Es algo así como mi tesis, el proyecto de fin de carrera que nunca hice», ironiza el dibujante.



«Para contar una historia tan grande como la del concepto de casa y su evolución en Occidente quería mezclar arquitectura, antropología y cómic. Que no fuera un libro muy técnico, aunque sí con muchos datos. Que hubiera relatos. Y que todo estuviera contado a través de la gente anónima. La historia oficial se ha escrito a través de reyes y palacios, con batallas y nacionalismos. Pero quien vive la historia es la gente normal y corriente. Y quería contarla con sus ojos y su voz», añade Torres en su estudio. Entremos en su casa, como él ha entrado en las domus del Imperio Romano (cuando nació la noción de planificación urbanística y el sistema de alcantarillado, que se abandonó en la Edad Media), en las casas de la Holanda del siglo XVII (sólo entonces se inventó el concepto de hogar) o en las miserables residencias obreras del XIX («el mundo era horrible durante la Revolución Industrial y a Londres se la llamaba la Ciudad Negra»). El hábitat de Daniel Torres es un diáfano estudio de Poblenou, en un quinto piso. El salón es todo luz y libros, con una gran estantería de pared a pared. No tiene televisión. Y en el comedor ha dispuesto tres mesas de trabajo que parecen dibujar un triángulo imaginario:una es su mesa de dibujar; la otra, ligeramente inclinada, es para pintar de pie (lo delatan los pinceles, los botes de acrílico y un estuche de acuarelas) y la tercera, para realizar calcos. En el suelo, apoyados contra otra estantería descansan algunos de sus óleos arquitectónicos: paisajes de ciudad (sobre todo, Nueva York), focalizados en detalles de rascacielos, primeros planos de cornisas o el sol incidiendo en fachadas acristaladas (el 9 de diciembre, inaugura una exposición en la galería Glénat de París con delicadas acuarelas neoyorquinas y parisinas).

En La casa, Torres se marca un titánico tour de force y consigue captar la esencia de todo un siglo, de todo un periodo histórico, en unas pocas viñetas, en un microrrelato de vida cotidiana. Relatos que son un día en la vida de Thaleia, una esposa de un ciudadano libre en la ¿democrática? Atenas del 430 a.C. (cuando en caso de divorcio el marido debía devolver la dote entregada);del centurión romano Junio Murano (con quien asistimos a la primera especulación del suelo por las construcciones públicas del Imperio); de Alice, una niña de seis años que sobrevive como puede en su aldea, en plena Edad Media (capítulo narrado magistralmente desde su punto de vista, con voz en off de los pensamientos sencillos de una niña, a modo de palabras telegráficas, con su vocabulario limitado, en el que la palabra jabón ni siquiera existe);de Ugolino, un aprendiz de pintor en un taller de la Florencia renacentista (aquí se toma conciencia del yo y la narración adquiere una profundidad casi filosófica);de Elsje Moeyaert, orgullosa ama de casa en el Ámsterdam de 1611, que abre las puertas de su casa al autor y le invita a cenar;o de Gaspar Delorme, un decorador y arquitecto en el París absolutista y rococó de 1753... Cada capítulo dicta su estilo, propio de una época, desde grabados preciosistas estilo Doré hasta un romanticismo plasmado en oníricas viñetas encerradas en las hojas de un árbol que atraviesa toda la página, para acabar con la imagen frívola y encapsulada de un debate televisivo. Luego están las ilustraciones metafóricas que resumen en una imagen la Revolución Francesa (una guillotina y la leyenda Cae el telón) o la IIGuerra Mundial (la explosión de la bomba atómica en cuatro viñetas). Gráficamente, uno de los capítulos más impactantes es el ambientado en una mina de Valonia en 1826, dibujado con lápiz y carboncillo:todo es oscuro, con un trazo en bruto, colapsado de tramas, claustrofóbico y opresivo como el interior de la mina. Un capítulo infernal, como la peor pesadilla goyesca, para transmitir la miseria y las condiciones infrahumanas de los mineros.



Aunque Torres intenta mantener cierta distancia de narrador omnisciente, como un observador neutral a lo largo de los siglos, el libro no está exento de crítica social, sobre todo en la modernidad, con la irrupción de una televisión que anestesia a la masa cómodamente instalada en el sofá y de internet, que abre una nueva era de tantas a posibilidades como incertidumbres. Y con el nuevo paisaje digital, Torres plantea preguntas de la ciencia ficción clásica, a lo Philip K. Dick. ¿Cómo serán las casas del futuro?¿Casas-ordenador?¿Llegaremos a sacrificar lo que nos hace humanos en aras del progreso tecnológico?

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