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La arquitectura se ha vuelto cada vez más extravagante. Rem Koolhaas

Es ya conocida la notable facilidad que tiene el arquitecto Rem Koolhaas para defender una cosa y su contraria. Sobre todo cuando habla de China con tanta fascinación como ingenuidad, ceguera o cinismo. (Lun, 30 Nov 2015)
La arquitectura se ha vuelto cada vez más extravagante. Rem Koolhaas No es fácil establecer cuál de estos ingredientes domina su innegable capacidad de análisis. Lo que lo ha convertido en un pensador de referencia en su ámbito ha sido su capacidad para anticipar cuestiones urbanas. Así, leyéndolo, uno termina por preguntarse si la contradicción y la paradoja no serán una condición sine qua non, los términos que mejor definan a las personas de acción capaces de alterar el mundo hoy.



Ha sucedido de nuevo en la entrevista que Pascual Gielen, sociólogo y director del centro Arts in Society de la Universidad de Groningen (Holanda), le ha hecho a propósito de la herencia de Constant en el catálogo de la muestra del Reina Sofía.



Allí declara que no hay intención arquitectónica que resista el paso del tiempo y que no hay nada más peligroso que una comunidad de personas que se encierre en su propia identidad. En su defensa de la arquitectura como forma de comunicación entre culturas y sistemas políticos defiende el espíritu crítico como única manera de romper el ciclo de extravagancia-aburrimiento-extravagancia que domina la arquitectura. Pero, atención, lo hace hablando de China.



“Se puede criticar al Gobierno chino por muchas cosas. Después de analizar la cultura arquitectónica y la historia del país, hemos introducido algo totalmente nuevo, nada menos que una forma de pensar la arquitectura que antes no existía allí. Hasta hace poco, todos los edificios chinos eran ‘sólidos’ e irradiaban estabilidad. Los chinos tienen verdadera fobia a lo inestable. Pues bien, en ese contexto hemos logrado crear algo radicalmente distinto: un edificio con una suerte de forma e identidad inestables. No cabe duda de que ese proyecto posee una dimensión crítica y utópica”, dice en referencia a la sede de la televisión china que levantó en Pekín en 2008. Koolhaas parece considerar que su edificio está allí porque él y su estudio han querido y no porque su cliente –el estado chino, un estado capaz de tener su propio Google- lo quisiera para presentar –y representar- su supuesta renovación.

La conversación, publicada en el catálogo de la espléndida muestra Constant Nueva Babilonia comisariada por Doede Hardeman y Laura Stamps -y que puede verse hasta el 29 de febrero en el Reina Sofía de Madrid- no tiene desperdicio. En ella Koolhaas define la economía de mercado como la máxima enemiga de la utopía, aunque adquiera su propuesta formal para sus contribuciones. “El caos como destino final de la economía de mercado se plasma hermosamente en algunos proyectos de Constant”, que, recordemos, diseñó, pintó y escribió en contra del mercado. Así, cree demostrar que el sistema opuesto conduce a un resultado idéntico. Habría que preguntarle a Koolhaas si el resultado es lo mismo que la apariencia.



Sorprende que, al contrario de la mayoría de sus colegas, Koolhaas diga que el arquitecto goza hoy de mayor libertad “porque ya no necesita preocuparse de encajar sus realizaciones en un mosaico”. Llama la atención también que defina su profesión como “una máquina de estrategia” y denuncie, también en esta entrevista, que la arquitectura “se ha vuelto cada vez más extravagante”. “Me parece una evolución embarazosa y, en realidad, no quiero formar parte de ella”. Koolhaas no quiere formar parte de la arquitectura convertida en máquina de estrategia. Como lo oyen.


OMA,Rem Koolhaas

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