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Me siento como Óscar Niemeyer. Jean Nouvel

Autor de la torre Agbar en Barcelona y del Museo del Lou­vre en Abu Dabi (que se inaugurará el año que viene), el arquitecto francés Jean Nouvel estuvo ayer en Barcelona para conferenciar en la Fundació Enric Miralles. (Mie, 16 Dic 2015)
Me siento como Óscar Niemeyer. Jean Nouvel A continuación una entrevista con el arquitecto francés.


Estamos en casa de Miralles. ¿Qué recuerdo guarda de él?


Tengo un recuerdo personal ligado a viajes, a esta casa, a discusiones. Son recuerdos emotivos. Pienso en su trabajo extraordinario, en su Parlamento de Escocia, que es una obra maestra. En la comunión de espíritus, en el punto de misterio de sus trabajos, en su poesía, en su invención, en su delicadeza, en su ligereza.


Usted ha construido varias obras en Barcelona. Entre ellas, la torre Agbar, que se ha convertido en un emblema de Barcelona. ¿Era esa su intención?


Digamos que, al proyectar la ­torre Agbar, era consciente de su posición estratégica, dada la re­vitalización de la Diagonal en aquella zona. Su escala y su posición en aquel enclave concreto pedían un elemento con carácter.


Hay quien opina que es una obra con mucha personalidad, que desconsidera el contexto.


La torre está atenta a su contexto. Antes de dibujarla, me puse en la piel de la arquitectura catalana. Conocía los pináculos de algunas obras, la montaña de Montserrat, la Sagrada Família, los trabajos de Gaudí y de Domènech i Montaner. Todo ese conocimiento quizás fuera inesperado en un extranjero. Pero yo conocía la ciudad de Barcelona. Lo cual no quita que la torre tenga una fuerte perso­nalidad.


¿Qué pesó más? ¿El contexto barcelonés o su personalidad?


No podemos considerar el contexto de un modo excluyente. El contexto no tiene que ver únicamente con la forma de los edificios vecinos. El contexto tiene que ver también con la época en la que se construye, con la geografía de la villa, con su historia, con su relieve. Los parámetros del contexto son varios. La torre Agbar responde a una forma catalana. Si la hubiera edificado en otra ciudad hubiera sido distinta.


Otra obra barcelonesa suya, el parque de Poblenou, ha recibido críticas. No todos entienden que esté amurallado.


Tienen derecho a criticarlo. Pero el muro hay que entenderlo aquí como un límite. El parque está rodeado de coches por todas partes. No había más remedio que fragmentarlo y protegerlo. Los muros están recubiertos de buganvilias y ya casi son otro elemento vegetal. Poco a poco, dentro de diez años, será otra cosa. Quizás el principal problema del parque es que sufre falta de mantenimiento adecuado.


Años atrás usted me dijo...


¡Ay! A ver qué dije.


...“el mayor riesgo en arquitectura es proyectar edificios neutros, que no se ven ni son vistos”. ¿Piensa aún lo mismo?


Sí. Más ahora que entonces, si cabe. La arquitectura previsible de ciertos despachos me desagrada. Esa arquitectura en la que el arquitecto es un mero acompañante, sin capacidad de decisión, está falta de vida, debilita el componente cultural de la disciplina. Cuando pienso en esos edificios parisinos falsamente haussmannianos... Me parecen un desastre.




España va olvidando la arquitectura icónica. Los jóvenes profesionales tratan ahora de construir con pocos medios y a bajo precio. ¿Qué le parece?


La arquitectura está hoy en una situación difícil. El rol social del arquitecto ha cambiado. Todo está mucho más programado. Nos queda poco margen. Sin embargo, se dice de todo lo que sale mal que es culpa del arquitecto. Hay que batirse por la dignidad de nuestra profesión. Si nos van quitando responsabilidades y no reaccionamos, la arquitectura acabará pagando un alto precio.




Ha construido numerosos edificios, en varios países, y tiene ya setenta años. ¿Ha cambiado su idea de la arquitectura?


No. Las condiciones, sí. Por eso nos exige más trabajo, valor, voluntad y espíritu de combate.


Ha acabado tan descontento con su reciente edificio para la Filarmónica, en París, que ha retirado su nombre de la obra.


Dije que no quería que se pusiera mi nombre en un edificio que había sido rematado muy mal. Estoy contento con él. Pero algunos materiales y algunos acabados son indignos. Por eso puse una demanda al Estado y a la ciudad de París. Quería demostrar que mi propuesta no coincidía con lo que finalmente se construyó. La arquitectura es un arte y el acabado de esa obra no lo refleja. No podía callar y admitirlo.


¿Ha pensado en retirarse?


Nunca. Me siento como Óscar Niemeyer, que murió en activo a los 104 años. Los artistas, los arquitectos, morimos en activo.


¿Qué le mantiene así?El placer de vivir y crear.

¿Y, en concreto?

A finales de 2016 entregaré el Museo del Louvre en Abu Dabi. En 2017, el Museo Nacional de Qatar. Y trabajo en el proyecto del Museo de las Artes de China, en Pe­kín, donde se reunirá todo el arte chino, desde la dinastía Ming hasta la actualidad.

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