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El ¿mito? de la ciudad voladora

Es innegable que la evolución en los medios de transporte ha influido en la manera de habitar del hombre. (Jue, 09 Feb 2017)
El ¿mito? de la ciudad voladora Tanto que el arquitecto Gueorgui Krútikov -nacido al sur de Moscú el último año del siglo XIX- creía además que los medios de transporte modernos eran arquitectura móvil.

Esa idea revolucionaba la relación entre movilidad y arquitectura: “¿Sería posible vivir en el transporte? ¿Desligar las viviendas y los demás edificios de la tierra? ¿Liberar el territorio de construcciones?”.

El valor de lo utópico estriba más en el empuje y la apertura de miras que supone y genera que en los logros palpables que echarían a perder el calificativo inalcanzable de ese tipo de propuestas. La idea de destinar el uso del suelo a actividades productivas y buscar otro espacio para la construcción tiene toda la lógica.

Entre las maneras de hacerla viable la posibilidad de levantar una ciudad, o ciudades, hasta hacerlas flotar es, posiblemente, de las más inalcanzables y, puede que por eso, de las más fascinantes.



Corría el año 1928 -todavía no estaba claro si serían los aeroplanos o los dirigibles los que se impondrían en el transporte aéreo futuro- cuando el estudiante fascinado por la aeronáutica Gueorgui Krútikov presentó esa propuesta en su proyecto de final de carrera.

El objetivo estaba claro, de la manera de hacerlo posible aseguró que se encargaría la ciencia, el desarrollo de la técnica. “¿No era posible ya permanecer quieto en el espacio en el interior de un dirigible?”, espetó al tribunal.



Los talleres de Artes y Oficios Vjutemás eran una especie de Bauhaus rusa donde se formaba a los alumnos casi como ordenadores: se les enseñaba a agotar las combinaciones espaciales de los proyectos.

Allí presentó Krútikov su proyecto –La ciudad voladora-, que era, naturalmente, una especulación.

Sin embargo, había nacido para tratar de solucionar un problema real. Así, se apoyada en posibilidades también reales, como las cabinas de tele-transporte individuales con las que los ciudadanos se moverían por el espacio urbano.

Hoy, pasado casi un siglo y rescatado del olvido por el especialista en vangardia rusa Selim Omárovich Jan-Magomédov, más allá de la posibilidad real de desarrollar y construir el proyecto, la fuerza de la propuesta de Krútikov radica en su amplitud de miras. Y en su prospectiva para adelantar el futuro de la arquitectura desde la defensa de la movilidad (no de una forma precisa de movilidad) o de la flexibilidad como vía de crecimiento para las ciudades.

No en vano, aunque todavía no sea viable vivir en el espacio, los diseños –y las ideas- desarrollados en estas escuelas han servido de inspiración a la vanguardia de finales del siglo XX.

Tanto la iraquí Zaha Hadid como el holandés Rem Koolhaas, han reconocido su deuda con una época, tras la Revolución Rusa, en la que todo parecía posible y que concluyó cuando los cambios políticos –el comunismo posterior a la muerte de Lenin- hicieron que nada resultase probable.



La biografía de Gueorqui Krútikov, el brillante estudiante que inició su carrera proponiendo una ciudad voladora y la concluyó defendiendo el patrimonio arquitectónico soviético, resume esa época. Y constituye toda una lección de ambición, ideología e historia.

De ahí el valor de la editorial Tenov al encargar a Miquel Cabal Guarro la traducción al castellano del libro biográfico que Selim Omárovich Jan-Magomédov escribió en 2008.

Planificación móvil, arquitectura dinámica: “La lucha por la arquitectura del futuro es la lucha de hoy”. Krútikov quería “compartir el destino de los soñadores del pasado”.

Él mismo lo anunció al defender su proyecto. Para él “la evolución de la construcción debía defender la tendencia humana a separarse de la tierra”.

El periódico Postroika (construcción) calificó al joven arquitecto de Julio Verne soviético: “en los Vjutemás no se forman constructores sino soñadores”.
“La fantasía es para las novelas. Y si a un novelista como este se le permite construir el resultado final no va a ser un edificio sino una mala novela de aventuras”, opinó el periodista.

También Le Corbusier quiso liberar el suelo y para eso instaló sus edificios sobre pilotis, ciertamente levantados, pero capaces de mantener también los pies en ese suelo.




¿Cuánto sueño necesita la arquitectura? ¿Y cuánto de ese sueño corre el riesgo de terminar convertido en pesadilla? La ambición, los logros y también el final de Krútikov son patrimonio histórico rescatado.

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Lista de comentarios

0 de 4 de los participantes encontró que el siguiente comentario es útil:
en blanco , 2016-02-17
Comentarios por: kike camacho
en blanco
 
muy bueno
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