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Un acróbata del brutalismo se lleva la medalla de oro como mejor arquitecto

Da Rocha acaba de ganar la medalla de oro que otorga cada año al mejor arquitecto el Royal Institute of British Architects (RIBA), el organismo colegial del Reino Unido que goza de enorme influencia y prestigio en el gremio. (Mar, 04 Oct 2016)
Un acróbata del brutalismo se lleva la medalla de oro como mejor arquitecto El ufo de la foto está en São Paulo y fue construido entre 1958 y 1961. Es un polideportivo con capacidad para dos mil espectadores y parece desafiar todas las reglas sobre el equilibrio y la resistencia: el tejado circular de concreto flota gracias a la sujección de seis hojas del mismo material, ancladas por una docena de cables de acero. El arquitecto Paulo Mendes da Rocha (1928) tenía 30 años cuando firmó el proyecto.



Era un recién llegado, pero el siempre espectacular y bienquerido gigantismo del jormigonaco —el material que más erotiza a las administraciones públicas y otros entes con afán de dejar manchas sobre la Tierra—, convirtió al autor en una estrella.

Da Rocha, imparable desde entonces, acaba de ganar la medalla de oro que otorga cada año al mejor arquitecto el Royal Institute of British Architects (RIBA), el organismo colegial del Reino Unido que goza de enorme influencia y prestigio en el gremio. El premio, que se concede desde 1948, ha sido recibido por, entre otros, Zaha Hadid (2016), Frank Gehry (2000), Norman Foster (1983), Frank Lloyd Wright (1941) —no debe ser casual su soledad humanista entre tanto monstruo de la demasía— y Oscar Niemeyer (1998), el único brasileño que había sido galardonado hasta ahora.

En la declaración que justifica el premio, los promotores afirman que el trabajo de Da Rocha es “altamente inusual en comparación con la mayoría de los arquitectos más célebres del mundo”, dado que casi todas sus obras maestras están construidas en Brasil y responden al mismo estilo, que califican en un exceso de entusiamo como “revolucionario y transformador”, gracias al hormigón en bruto, “desnudo, bello y brutal“.

Quizá por la ferrea educación presbiteriana que recibió, el arquitecto, que tiene 87 años y ya ha cumplido seis décadas de ejercicio, prefiere despojar sus proyectos de todo ornamento y optar por una monumentalidad arcaica donde la consistencia es siempre la idea central. Entre sus obras más celebradas destacan, no por azar, algunas iglesias y, sobre todo, muchos edificios encargados por el Estado y pagados con dinero público. El brutalismo, insisto, goza de muchos devotos entre quienes gobiernan y acaso permiten que los escenarios imperiales ocupen sus sueños.

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