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¿Y si Picasso o Mondrian hubieran nacido arquitectos?

Federico Babina, en su serie Archist, ha fantaseado con edificios. ¿Qué construcciones hubieran resultado de una incursión en la arquitectura de artistas como Picasso, Mondrian, Malévich o Miró? (Mie, 19 Oct 2016)
¿Y si Picasso o Mondrian hubieran nacido arquitectos? De niño, Federico Babina se divertía colocando la cabeza entre las piernas para observar el mundo del revés.

Era uno de sus juegos favoritos. «La vida creativa es un poco como ese juego: mirar las cosas, incluso las más simples, con una perspectiva diferente para descubrir matices inesperados» dice.

Babina suele capturar ese matiz sorpresivo a través de la fusión de la ilustración y la arquitectura.



Pese a poseer una trayectoria que deja diseños originales, Babina niega que viva preocupado por crear algo llamativo a toda costa. «Buscar la originalidad sería como empezar una casa por el tejado; además, creo que es un concepto muy subjetivo, casi una ilusión», reflexiona.

Después de haber enlazado la arquitectura con la literatura, la música o las barajas de cartas, Babina ha dado otro paso natural.

La pintura integra y potencia las grandes obras arquitectónicas de la historia, pero existe un límite en ese maridaje.

La arquitectura es la horma irrompible y la pintura sólo la complementa o la embellece. Babina quiebra esa barrera. Las construcciones que dibuja ponen la arquitectura al servicio de los ideales estéticos y los lenguajes de genios de la talla de Peter Halley o Richard Serra.



«Estas imágenes representan un mundo imaginario e imaginado, un universo de fantasía que utiliza el pincel para pintar la arquitectura. Son dos disciplinas que hablan y ligeramente se tocan entre sí. La función de la arquitectura está cambiando constantemente con el desarrollo del arte contemporáneo». Y traza la conexión: «Una escultura es como una microedificación: la fachada puede ser como un lienzo pintado y un edificio, una forma moldeada en manos de un escultor experto».



Eligió los artistas por cercanía vital. Todos pertenecen al arte contemporáneo, aunque no descarta crear en un futuro una serie brotada de las imágenes de Leonardo o Caravaggio. La mirada de Federico Babina tiende a integrar disciplinas y también discurre por una suerte de alucinaciones filosóficas, vitales: «Es como si la cultura de nuestro tiempo fuera una ciudad que cada uno de nosotros visita. La ciudad es la misma para todo el mundo, aunque los caminos y las rutas que decidimos tomar son heterogéneos».



De hecho, a Babina le gusta transitar por el arte, adherirlo a la cotidianidad. «La arquitectura puede verse como la escenografía de una película donde la historia es la vida, el guion es dictado por el uso del edificio y los actores son los habitantes». Tiene una imaginación cinematográfica: «Tenemos el poder de elegir los escenarios y las escenografías que nos albergan, los actores de reparto que nos acompañan y los objetos que decoran nuestros ambientes».



Las ilustraciones son tan acróbaticas como dicta el estilo de cada pintor. La casa de Ernesto Neto se alza como un queso gruyere imposible, mientras que otras, como la de Donald Judd, se asientan con una geometría monolítica y aparentemente imperturbable.



Como arquitecto, le ofrecieron levantar en ladrillo y cemento alguno de sus cócteles plásticos, sin embargo, por el momento, ha rechazado hacerlo.

Babina cree que todo arquitecto debería poseer unos gramos de diseñador gráfico, aunque sea desde el punto de vista instrumental, o sea, para anticiparse a la forma de un edificio. Por contra, si uno se atreve a ir más allá, las posibilidades creativas incrementan: «Me gusta encontrar la arquitectura oculta en universos paralelos. En este sentido, la ilustración me ayuda a explorar lenguajes alternativos. Trato de encontrar lugares sensibles donde no sea tan evidente la presencia de la arquitectura».

El dibujo como exploración: «La ilustración es para mí una de las maneras de contar y fotografiar los pensamientos, las sensaciones y las emociones», resume.

Babina desconfía de los golpes creativos repentinos, pero sí cree que las ideas existen, que están como el genio del que habla Bécquer en su Rima VII, esperando, como Lázaro, a que alguien les diga «levántate y anda». En su búsqueda se vuelve niño y mete de nuevo la cabeza entre las piernas (metafóricamente, claro) para detectar el revés del mundo y «despertar una especie de visión dormida». Sus referentes se alojan, sobre todo, lejos de las disciplinas artísticas.

«Observo a las personas, a los animales, la naturaleza… Nunca intento escapar de la realidad. Represento una realidad menos visible que se mezcla con la realidad de la fantasía».

Antes de desenfundar el pincel, Babina medita el concepto que desea trasmitir, el motor de la siguiente colección de diseños. Una vez en ese punto, explora el lenguaje más efectivo para trasladar la idea al público de la manera más directa. «Siempre uso un collage de diferentes técnicas y programas. Desde el dibujo a mano a programas de modelado 3D y vectorial. Estos ingredientes diferentes me permiten lograr la mezcla y la atmósfera deseada». Miradas de cerca, las creaciones de Babina conforman atmósfera, clima. Resulta difícil resistirse a imaginar que así era cómo Picasso o Warhol veían el mundo desde la perspectiva de su locura íntima.

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