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¿Realmente somos útiles los arquitectos?

No es la primera vez que hablamos de la enorme distancia que separa a los arquitectos (y a la arquitectura) de la sociedad a la que servimos. La desconexión viene de lejos y son varias las razones de la misma. (Jue, 18 May 2017)
¿Realmente somos útiles los arquitectos? Hace unos días veíamos por los muros del facebook la imagen de esta planta en un libro de matemáticas de la editorial Anaya. Más allá de las “bondades” del dibujo –cuya nulidad proyectual es evidente y no vale la pena comentar-, lo que se pone en evidencia es lo complicado que es tener ciudadanos sensibles a la arquitectura si lo poco que se les enseña en los colegios es algo así. En cualquier caso, es tentador intentar entender el armario empotrado, la ausencia de ventanas o dónde se lavarán las manos los propietarios de este pisito tan mono.



Es más, el plano pretende hacer entender a los niños el concepto de la escala con un plano totalmente fuera de escala. Así que, es bastante preocupante dejar en manos de este tipo de libros lo poco que se pueda enseñar de arquitectura a los más pequeños. Aun así, por suerte en España son muchos arquitectos y colectivos de arquitectos los que desde hace un buen tiempo están haciendo un gran esfuerzo por hacer llegar la arquitectura a tempranas edades. ¿Algunos de ellos? Little Architect, Cuartocreciente, Arkitente (Zaramari), Maushaus Arquitectura , Chiquitectos, Proxectoterra de Galicia, Sistema Lupo o Sinergia Sostenible (más sobre el tema, por aquí).

El problema directo de esto es que lo mismo que a algún iluminado se le ocurre dibujar esto y lo cuela en los libros de Anaya, pues cualquier posible cliente va a un arquitecto con la típica planilla cuadriculada donde ¡ya está todo! Así, en la imaginación del cliente, el arquitecto sólo tiene que darle un poco de forma y listo.

Y con esto llegamos a la incomprensión, por parte de este tipo de clientes, sobre los honorarios de los arquitectos.



Con todo ello, salvo excepciones, está claro que la sociedad nos ve como un caro peaje impuesto por la administración. En la mayoría de los casos si pudieran prescindir de nosotros, por un ingeniero o arquitecto técnico que les cobrase menos, lo harían.

No hemos sabido hacernos necesarios y casi nadie es capaz de percibir el plus de contratar a un buen arquitecto. Con todo ello, y la crisis que nos ha golpeado, la profesión, tal como siempre la hemos entendido, está a punto del colapso. No hay proyectos para todos, ni los habrá en mucho tiempo, y, sin embargo, nos seguimos empeñando en que en la mayoría de las ocasiones nuestro principal objetivo sea conseguir un proyecto de arquitectura. De hecho, conseguirlo a toda costa, incluso, en ocasiones, perdiendo dinero. La competencia desleal entre nosotros campa a sus anchas y competir por precio es lo más habitual.

En paralelo a todo esto, desde antes de la llegada de la crisis, en los despachos de arquitectura de cierto nombre se normalizó la idea de tener arquitectos jóvenes trabajando sin recibir nada más allá de una palmadita en el hombro si todo iba bien.

De los concursos de arquitectura no vamos a dar más la brasa, pues ya hemos hablando hasta la saciedad de la ratonera que suponen para el colectivo tal como están planteados en la actualidad.



Con este panorama, un tanto desolador, poco podemos esperar de la sociedad que vive al margen de “nuestras cosas”. Así, cuando hace poco desaparecía la casa Guzman de Alejandro de la Sota, en la plataforma de menéame podíamos leer todo tipo de lindezas. Y aunque a nosotros nos pueda doler y parecer burradas, no deja de ser el sentir de una gran parte de la población que, más allá de lo que nos parezca, nos tiene en muy poco aprecio.

Desde aquí, podríamos seguir lamentándonos por la pérdida de grandes obras de la arquitectura contemporánea, como la famosa Pagoda de Fisac, o preguntándonos por el futuro que les espera a otras obras de primera fila como El Pabellón de España de la Exposición General de primera categoría de Bruselas (1958) de José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún -actualmente abandonado a su suerte en la Casa de campo-.



Así que, tal como indicábamos al comienzo del artículo, la realidad es que la arquitectura, en general, sólo interesa a los arquitectos y esto no deja de ser un problema. De hecho, hace no tanto nos tirábamos a la calle para preguntar a la gente que nos encontrábamos por nombres de arquitectos y, como se pueden imaginar, el desconocimiento era tremendo. Más de una persona no sabía ninguno; pero bueno... esta opción no era tan mala como cuando alguien contestaba algo tipo: “sí, sí, el arquitecto este que hace casas a los famosos...” .

En este sentido, es casi igual de desalentador el artículo que firmaban Raquel Martínez y Alberto Ruíz preguntando a sus alumnos de primer curso de arquitectura por los arquitectos que ellos conocían.

En cualquier caso, es evidente que poco cambia que se sepan nombres de arquitectos, lo importante debiera ser un conocimiento más profundo del tema, pero a modo de detonante de la realidad, sí que nos parece relevante.


(El arquitecto más conocido resultó ser Santiago Calatrava.)

De todas formas, es importante constatar esta realidad, pero también entonar el mea culpa en tres aspectos fundamentales que han sustentado este alejamiento del común de los mortales de nosotros, los arquitectos. Habitualmente la mayoría de los arquitectos nos hemos encargado de usar un lenguaje que nos aleja del “no arquitecto” a toda velocidad, muy pocas medidas concretas hemos visto que se ponen en marcha para salvar esta evidente desconexión, más bien tendemos a no hablar mucho del tema y, así, parece que no hay que tomar responsabilidades. Por último, pero no menos importante, en más de una ocasión, el arquitecto ha sido la mano ejecutora de gran parte del despropósito urbanístico de nuestro país. En este sentido, hay que matizar que, evidentemente, no todos los arquitectos han sido cómplices de esta locura, pero lo importante, en este caso, es que la sociedad sí que nos percibe como tales.

En fin, que entre una cosa y otra, hay mucha tarea por hacer; por un lado, construir una realidad diferente que nos acerque a la sociedad –y en este sentido siempre destacamos la labor de los arquitectos más jóvenes - y, por otro lado, que la imagen tan distorsionada que se tiene de nosotros se vuelva un poquitín más generosa.

Tarea no falta; así que ¡manos a la obra!

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