Arquitectura: El arquitecto de la fe
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Un anuncio televisivo ha catapultado a la fama a un hombre que lleva 44 años construyendo una catedral en un solar de su propiedad. «Es mi forma de hacer apostolado», dice. (Mar, 16 Ago 2005)
TRANSITABA por los pasadizos del anonimato hasta que, convertido en protagonista del anuncio televisivo de una bebida isotónica, ha dado el salto a la fama. Justo Gallego Martínez es un viejo simpático de rostro cetrino que viste un raído guardapolvo azul, el pantalón «de cartero» atado con un cordel y los zapatos sin cordones, desvencijados, como dos cartones pegados a sus pies. La única concesión mundana que se permite este hombre de 80 años es un gorro ballenero rojo que se coloca sobre las canas y recuerda al comandante Cousteau. Ni se considera cualificado arquitecto, ni ingeniero, ni tan siquiera albañil. «Los planos sólo existen en mi cabeza», se le oye decir. Es un labriego con una vocación frustrada que practica la austeridad y el ayuno, que lee la Biblia a diario y vive movido por «un acto de fe»: levantar una catedral en un solar de su propiedad en Mejorada del Campo, localidad situada a 24 kilómetros de Madrid, cerca de los pabellones de IFEMA.
No tiene licencia
Una empresa que comenzó hace 44 años y que ya se demora más que la obra del Escorial. Puestos los ladrillos del templo por el propio Justo Gallego, sin permisos, sin licencias, se alza una estructura no calculada, pero que, a juicio de los arquitectos, «es difícil que se caiga porque el constructor se previene con gruesos y fuertes muros, numerosas columnas de varillas y cinchos de hierro, mucho hormigón y múltiples arcos y arquillos para dar consistencia al edificio», y que, así y todo, no pasa de 'sui generis'. Hay quien se pregunta quién se atreverá a derruirla ahora que la cúpula sube hasta los 37 metros de altura y las dos torres hasta los 60. Ahora que los cipreses que adornan el lugar llevan dos décadas echando raíces y dan sombras más que alargadas.
El edificio se yergue en el número dos de la calle Antonio Gaudí, tiene ocho mil metros cuadrados construidos en un terreno de veinte mil, baptisterio y residencia para sacerdotes incluidos. Para Justo, es un templo que pretende consagrado. Lo llama sin dudarlo 'catedral'. «El Vaticano no quiere saber nada de esto, ni quiero, pero el obispo de Alcalá de Henares me ha prometido celebrar una eucaristía en cuanto esté adecentado el altar», revela el autor. Y dispara su versión, como la revelación de una 'Verdad': «¿Por qué hago esta obra? Mi respuesta: por mi madre, mujer muy piadosa, que amaba a la Iglesia. Yo me exijo mucho, pues he recibido unas cualidades para desarrollar y además una herencia de mis padres. Éste es el motivo por el que estoy haciendo esta catedral, cuyas medidas son 50 metros de largo, 20 de ancho y 37 de la cúpula».
«La catedral... o lo que quiera que eso sea», suelta el conductor del autobús que llega a Mejorada del Campo desde el centro de la capital, cuando el vehículo se planta frente a la construcción. La primera impresión que uno se lleva al contemplar la obra es la de un edificio algo oscilante y de una dimensión desorbitada para su ubicación. Los escalones de la entrada buscan una recta a la que se aproximan de lejos. El acabado del hormigón está logrado, pero sacaría los colores a más de un albañil. La techumbre de uralita se sostiene sólida. Dentro hay apilados andamiajes, vigas, trozos de mármol, amasijos de hierro, madera, piedras, latas de conservas, cajas de plástico y cubos de pintura por doquier. «Un chalet en obras», «una chapuza de envergadura», «una maravilla», «un milagro», son algunos de los pareceres que se recogen al preguntar a los curiosos que se acercan hasta Mejorada del Campo.
«Me gusta el románico»
«Me gusta el románico, tengo libros italianos donde miro las fotografías de castillos medievales. La cúpula central la he copiado del Vaticano y la de la entrada, de la Casa Blanca», explica Don Justo, como le llaman los lugareños. Y así se dirige a él todo aquel que llega a esta casa. En las últimas semanas, visitantes de todas procedencias se acercan en romería los fines de semana. Los colegios locales organizan visitas escolares y hay días en que llega a formarse una hilera de autobuses de excursionistas aparcados frente al templo. Pululan a su antojo por la 'catedral', hasta el punto de que el alcalde ha conminado a Justo a señalizar la zona y prohibir la entrada a torreones y cúpula, no haya que lamentar incidentes. Todos también están llamados a llenar con calderilla un bidón-hucha que hay en la explanada, para ayudar a terminar el templo.
Su cuadrilla hace tiempo que no coge la espátula. Justo lo ha hecho casi todo solo, con ayuda de algún eventual voluntario o con especialistas que contrata y paga de su bolsillo. No recibe subvenciones de la Administración, fondos municipales o derrama alguna de las arcas eclesiales. Se está dejando el patrimonio familiar en este empeño. Alquila o vende las tierras que le llegaron de la herencia paterna siempre que necesita fondos. Y agradece todo material de deshecho y las pinturas que le entregan algunas firmas. Por ejemplo, los pilares que sostienen la estructura son botes de Cola Cao rellenos de hormigón y atravesados por varas de hierro.
También tiene una cuenta abierta en una entidad bancaria para recibir donaciones. Y luego están el 'marketing' todopoderoso y el becerro de oro de la publicidad. Desde que, en mayo, el 'arquitecto de la fe' comenzara a aparecer en televisión gracias a la bebida isotónica Acuarius, se materializa a pasos agigantados la utopía a la que dio marcha el 12 de octubre de 1961. Por prestar su imagen y ceder la 'catedral' para tres días de rodaje, cobró 30.000 euros. «Le pagamos como si fuera un actor de primera», aseguran desde Coca Cola.
La prensa hace cola
Justo Gallego ha pasado de ser un eremita al que consideraban un tanto 'tocado' a recibir a los periodistas en fila india. Incluso se atreve a poner precio a sus palabras, todo sea por avanzar en su misión. Y también límites: no aparecer en revistas «donde salen mujeres desnudas». A veces parece que le molesta tanto trajín. Disimula. Gobernado por sus ideales y parapetado en una fe inquebrantable, responde a todos mientras trabaja. «Es mi forma de hacer apostolado. De hacer iglesia en el mundo. Doy sermones al que quiera oírlos», avisa.
Es que la vida no le premió complaciéndole en su vocación. Siete años después de ingresar en el convento de Santa María de Huerta, en Soria, contrajo la tuberculosis y fue expulsado, por temor al contagio. Deprimido, decidió dirigir sus energías hacia el proyecto catedralicio. Se las ha ingeniado para construirse un templo desde el que predicar y calcula que le faltarán 15 ó 20 años para acabarlo. El empujón mediático le ha venido de perlas, pero sabe que «lo rematarán otros». Justo, Don Justo, hace un alto en la faena. Un frugal tentempié y un trago. Que la bebida para la que ha sido imagen le acerca al cielo, pero el del paladar se arregla mejor con una «cerveza de litrona».
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| Justo Gallego se afana en soldar unos tubos de acero por la mañana. |

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| Arcadas interiores y cubierta. |

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| Fachada Lateral. Catedral de Justo Gallego. Mayo 2004 |

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| Cupula de la Catedral. |
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