Urbanismo: México D. F. Sentarse con arte.
Pese a su mala fama —muy a menudo, merecida—, la Ciudad de México [cara, contaminada, enorme, peligrosa] es también una capital para pasear. Para disfrutar de sus días cálidos y soleados. Para leer. Para sentarse. (Jue Abr 12 2007)
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Al efímero emperador Maximiliano de Habsburgo y a su esposa Carlota se debe la construcción, en 1864, de la columna vertebral de la urbe, el actual Paseo de la Reforma, inspirado por los Campos Elíseos parisinos. Desde entonces, la estatua ecuestre de Carlos IV [aunque la rotonda donde se ubicó aún conserva su nombre: Glorieta del Caballito] dejó su lugar a las efigies de Cuitláhuac y Cuauhtémoc —últimos tlatoanis aztecas—, los llamados Indios Verdes, la Diana cazadora o el Ángel de la Independencia, con el mausoleo de los héroes patrios. Y en sus banquetas y camellones [aceras y bulevares], las bronceas figuras decimonónicas de personajes tan ilustres y liberales como desconocidos. Pero ahí sigue, desde hace más de un siglo, Cristóbal Colón con su dedo enhiesto.
Aunque las reformas en Reforma han sido constantes, su actual fisonomía aparece tras los trabajos realizados en 2003, con la colocación de jardineras y un nuevo embaldosado. Para revitalizar la zona de paseo, el Gobierno del Distrito Federal y otras entidades han ido disponiendo en ella distintas exposiciones, como la -Cowparade-, con 250 bóvidos elaborados en fibra de vidrio y decorados por otros tantos artistas.
La más reciente, que se prolongará durante todo este año, lleva por título -Diálogo de Bancas-: 70 asientos urbanos —que se unen a los bancos de piedra de cantera originales que aún se conservan en el Paseo— creados por artistas plásticos, diseñadores industriales y arquitectos de renombre. Una muestra de las que dicen interactivas; la cual, según sus organizadores, que siempre van más allá, representaba -un espacio de encuentro y diálogo, tan necesario en estos momentos de confrontación, desasosiego político y polarización ideológica-.
Pero, sin irnos por las ramas de sus jacarandas, arces, liquidámbares y fresnos, ni subirnos por las paredes de la adyacente Torre Mayor [el rascacielos mas alto de Latinoamérica], la muestra invita a que los niños trepen y correteen; a que los policías y currantes se tomen un respirito; a que los últimos poetas pergeñen alguna endecha; a que el caminante se siente y lea, por ejemplo, algo de Alfonso Reyes... Y es que esta ruidosa avenida no fue obstáculo para que Octavio Paz, por ejemplo, albergara junto a ella su biblioteca.
Y quien no lleve un libro o un periódico a mano puede ocuparse con las obras que acompañan a la exposición, fruto de treinta y dos poetas y escritores mexicanos cuyos textos están montados en estructuras metálicas. Siéntense y vean.
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