Arquitectura: Pekín, los Juegos del contraste [Norman Foster].
China, su capital Pekín, se esmera para confirmar al universo una realidad que muchos ponían en duda. Para este país de 1,300 millones de habitantes es la oportunidad de mostrar al mundo su poder, su transformación de los últimos treinta años, mucho más rápida y veloz, económica que política y socialmente. (Lun May 05 2008)
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La cuenta atrás ya no tiene freno. A partir de ahora las hojas del calendario caerán más deprisa y, sobre todo, con mucha más trascendencia. La economía ha subido anualmente una media del diez por ciento en los últimos treinta años. Los Juegos son un escaparate de reivindicación a todos los niveles, pero también una forma de presentar en sociedad un sistema político cuestionado por su escasa protección a los derechos humanos.
Hace escasamente diez días, el diario ABC, junto a otros representantes de los medios de comunicación españoles, estuvo en Beijing [Pekín] con una delegación del Comité Olímpico Español, con su presidente, Alejandro Blanco, a la cabeza. Se trataba precisamente de eso, de conocer de primera mano cómo la capital china ultima la llegada de uno de los acontecimientos más trascendentes que se pueden llegar a organizar. El resumen de cinco días intensos de visita conduce a un dictamen concluyente. Serán los Juegos del contraste. Convivirán la grandeza y la pobreza. El progreso con el pasado. La ilusión con el miedo. Los rascacielos de cincuenta pisos con descampados en los que cualquier día nacerá un nuevo edificio.
El pueblo chino no aparenta saber exactamente el alcance o el significado de lo que se le viene encima, pero sabe que será el rostro en el que pondrán sus ojos millones de personas, más allá de que sean aficionadas al deporte. La campaña de movilización internacional contra el régimen de Beijing después de los últimos acontecimientos sucedidos en el Tibet y al paso de la antorcha olímpica por distintos continentes y países, está elevando el fervor popular del pueblo chino, que ya sabe cómo comunicárselo al mundo exterior. Internet está siendo su vehículo de identificación. El slogan -I love China- escrito sobre un corazón viaja por la red a toda velocidad. De hogar de hogar, de centros de trabajo a centros de reunión. La web taobao.com vende a millares las camisetas antioccidentales que ha confeccionado después de las últimas declaraciones y posicionamientos de distintos líderes políticos.
Diez horas largas de vuelo directo entre Madrid y Beijing no te dejan en las mejores condiciones físicas y mentales para asimilar de golpe el precipicio entre las dos capitales, sobre todo cuando era la primera vez que se visita ese desconocido horizonte. El viaje a ese mundo de contrastes comienza nada más descender del avión. Unos viejos e incómodos autobuses te esperan para conducirte a bastante velocidad por las pistas hacia la nueva terminal 3, que se aparece ante los ojos del recién llegado como un monstruo de hierro y cristaleras enormes como estadios de fútbol.
El que haya estado en la nueva Terminal 4 de Barajas puede hacerse una lígera idea de la obra que ha levantado el mismo arquitecto, -sir- Norman Foster... pero sólo una ligera idea. La de Beijing es el doble que la de Madrid, 980,000 metros cuadrados contra 430,000, pero su estructura, sus señalizaciones, su diseño, son muy parecidos. Padre e hijo. Desde el aire, o desde tierra, según te acercas por una de las autopistas de acceso todavía en obras, se asemeja a una tortuga... gigante, como no podía ser de otra forma. Es una de las primeras situaciones a las que te tienes que acostumbrar cuando llegas a este país. Todo es grande. Muy grande.
La ciudad. Transporte y tráfico.
Beijing es una municipalidad de 17,000 kilómetros cuadrados de superficie y 16 millones de habitantes, y la mitad se amontonan en lo que se denomina la urbe. Ocho millones de bicicletas inundan las calles y autopistas, sorteando los 3'200,000 coches matriculados. El tráfico es un caos. Los cinco anillos que circunvalan el centro se encuentran siempre en permanente estado de atasco. A pesar de que tres millones y medio de personas utilizan a diario las cuatro líneas de Metro -se inaugura una quinta para los Juegos-, la circulación se hace imposible. El extranjero tiene en el taxi su mejor aliado de transporte. Son baratos en comparación con España, pero cualquier trayecto mínimo te puede hacer perder una hora para ir y otra para volver. La actividad es frenética. Día y noche. La ciudad no duerme. Aunque las distancias son enormes, la mejor forma de descubrir los contrastes es patear el asfalto, sobre todo en el centro más historico, donde las callejuelas con los hutog sobreviven al desarrollo y te hacen viajar en el tiempo al Beijing de los emperadores.
La polución. Ambiente.
El enemigo número uno de estos Juegos llega del cielo. Los recién llegados miramos para arriba como si fuéramos expertos en la materia. -Es niebla-, apunta uno. -No, es calima-, responde el de al lado. -Es mierda, eso es lo que es-, apunta el más drástico. Uno diría que es un poco de todo, mezclado en los días que nosotros estuvimos con arena del desierto de Gobi y con el polvo en suspensión de las innumerables obras que se aceleran a toda velocidad para llegar a tiempo a la gran cita del 8 de agosto, a las ocho de la tarde hora local.
Bien es cierto que si te alejas del centro, del tráfico y de los coches transpirando humo, el cielo se despeja, el sol impulsa sus rayos que atraviesan el manto y calienta el ambiente. Desde el 2001, la municipalidad de Beijing se ha gastado más de 9,000 millones de dólares para combatir este enemigo que mina la salud humana. Desde marzo los días de mucho viento se paralizan gran parte de las obras. Se han suprimido prácticamente las calefacciones de carbón, que han dado paso a las eléctricas. Muchas fábricas pararán su productividad en el mes de junio. Y durante agosto, se reducirá el tráfico rodado. Los coches con matrículas pares podrán circular un día y al siguiente los impares. Ante la pregunta del millón, que te hacen obligatoriamente a tu regreso, de si realmente hay tanta polución como para que Gebreselassie y otros atletas hayan renunciado a su participación en los Juegos, la respuesta es sí. -Haberla, hayla-. Como las brujas. La sequedad de garganta es el primer síntoma y al final de la estancia es difícil librarse del carraspeo y una sensación de atolondramiento generalizado en el que cabe suponer que el jet-lag también influye. Menos éxito ha tenido la orden gubernamental que iba a prohibir fumar en prácticamente todos los recintos cerrados, y que se ha derogado una semana después de su decreto. La presión de los propietarios de restaurantes, bares, salas de fiesta ha triunfado y la normativa, que comenzará precisamente hoy, se reduce a las instalaciones olímpicas, hospitales, múseos, colegios y universidades.
Seguridad.
Se pretende que sean los Juegos más seguros de la historia. Se movilizaran 9,000 policias. El gobierno chino es consciente de que se multiplicarán los incidentes de los últimos meses y los uniformes de diferentes colores tomarán todo el anillo olímpico para intimidar a los que pretendan cualquier tipo de manifestación de protesta. En nuestra visita ya observamos la movilización. Unos visten de negro, otros de verde, de gris, de marrón... Obedientes, silenciosos. Clavan sus ojos en donde sea menester y a cada paso te encuentras una pareja.
Clima, comida e idioma.
La temperatura y la humedad serán el segundo gran obstáculo de los deportistas. En agosto se prevén temperaturas de cerca de 40 grados, con una humedad del ochenta por ciento. Todo ello, unido al manto celestial que recubre el perímetro de la ciudad, convertirá a Beijing en un horno donde hidratarse será sobrevivir. La experiencia culinaria en la visita ha sido buena y el visitante que llegue para los Juegos no tendrá problemas en ese sentido. Hay donde elegir, y los que huyan de la comida asiática encontrarán hasta restaurantes españoles, aunque la gran apuesta restauradora de nuestra cocina haya tenido que cerrar hace un par de semanas. El idioma será otra piedra en el camino. A pesar de los esfuerzos de los voluntarios olímpicos, el ciudadano de la calle sólo habla su idioma, que muchas veces además no es el mismo.
Los taxistas, en teoría, han tenido que pasar por unos cursos de inglés, pero la asistencia debió ser minoritaria porque sus avances, como comprobamos en persona, son mínimos. Es imprescindible para moverte por la ciudad en este medio de transporte llevar siempre la tarjeta con las direcciones donde te dirijas en chino. E incluso ni así llegas a tu destino, porque la llamada de los Juegos ha alistado a esta profesión a muchos trabajadores del interior que ni siquiera tienen una idea mínima de la ciudad.
El Instituto Cervantes está haciendo una gran labor con la formación de voluntarios de habla hispana, que asistirán en castellano a atletas y periodistas en particular y aficionados en general.
Fuente:
http://www.abc.es/20080501/deportes-deportes/pekin-contrastes-
olimpicos_200805010254.html
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| Todo ha cambiado de escala en Pekín, las nuevas construcciones han y seguirán cambiando su rostro urbano. |

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| Terminal 3 del Aeropuerto Internacional de Beijing con 980,000 metros cuadrados de construcción. |

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| El nuevo edificio, compuesto de dos grandes alas simétricas, se presenta como la proyección en el suelo de un inmenso pájaro de presa, un maravilloso fénix. |

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| Gran Estadio, el -El nido del pájaro- de 91 mil lugares imaginado por el tándem suizo Herzog y Meuron. |

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