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Noticias : Arquitectura : Un vistazo a la nueva China desde la cambiante fachada de Beijing [Herzog y de Meuron, Norman Foster, PTW arquitectos].

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Arquitectura: Un vistazo a la nueva China desde la cambiante fachada de Beijing [Herzog y de Meuron, Norman Foster, PTW arquitectos].

Si los occidentales se sienten aturdidos y confundidos al salir del avión en el aeropuerto de Pekín, es comprensible. No es sólo la grandeza del espacio, es también la ineludible sensación de que están pasando por una puerta que se dirige a otro mundo, que con implacable abrazo al cambio deja a las naciones occidentales atrás. (Vie Ago 08 2008)

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La sensación sólo es comparable con la epifanía que experimentara el arquitecto vienés Adolf Loos, al llegar por barco a la ciudad de Nueva York ya hace más de un siglo. Había cruzado el umbral del futuro; se dio cuenta que Europa era entonces culturalmente obsoleta.

Diseñada por Norman Foster, la deslumbrante terminal aérea de Pekín se une a la importante lista de nuevos monumentos: el Teatro Nacional, con forma de ovoide, de Paul Andreu; el estadio Nacional, conocido como el nido de pájaro de Herzog y de Meuron; el Centro Nacional de Natación con su almohadillado exterior translúcido, diseñado por PTW arquitectos y el Centro para la Televisión China de Rem Koolhaas, cuyas inclinadas formas se ubican entre las más sorprendentes hazañas arquitectónicas de la época reciente.



Los críticos, incesantemente han descrito estos proyectos de alto perfil como expresiones progresistas de una nación en ciernes de supremacía mundial. Sin embargo, estos edificios no son sólo expresión de poder. Al igual que los grandes monumentos de la Roma del siglo XVI o el París del siglo XIX, la nueva arquitectura China destila un aura que se relaciona estrechamente tanto con el fermento intelectual como con la supremacía económica.

Cada edificio a su manera encarna una intensa lucha por la noción del espacio público de la nueva China. Y aunque en ocasiones atemorizan por su agresiva escala, también reflejan el esfuerzo del país para dar forma a una nueva identidad nacional.

La terminal del aeropuerto de Norman Foster, la más grande del mundo, es la expresión más pura del advenimiento de China al ideal modernista. Su forma, única en su tipo, sugiere dos boomerangs colocados uno al lado del otro, que se asemejan a la forma de un dragón. Sin embargo, su precedente es el aeropuerto de Tempelhof, en Berlín, un monumento a los viajes aereos, concebido por Albert Speer en la década de los 30's como la puerta a una nueva Europa.



Ambos edificios forman parte de la visión modernista de una sociedad móvil, que se remonta a la terminal de Grand Central y a las grandes salas de tren de París.

Al igual que Tempelhof, la terminal aérea de Beijing cuenta con una amplia explanada que evoca el glamour de los viajes aereos, al mismo tiempo que incluye un sorpendente y reservado espacio interior. Pero Foster se coloca de nuevo en el extremo el ideal de la movilidad. Guiada por resplandecientes luces incrustadas en el techo de la terminal, los visitantes antes de llegar a la explanada se deslizan por los pisos rampeados y extensos. Desde ahí pueden diseminarse a lo largo de una fluida red de carreteras, trenes, pasos subterráneos, canales y parques cuyas terminales se extienden a través de la ciudad.

Esta extensa red, ha transformado completamente la ciudad desde hace siete años, cuando China se adjudicó la sede de los Juegos Olímpicos. En este caso es imposible dejar de pensar en los enormes proyectos de obra pública construidos en los Estados Unidos hacia mediados del siglo XX, cuando la fe en la tecnología era infinita. Quién hubiera imaginado que cuando la fe de los norteamericanos se desmoronaba con un Nueva Orleáns arrasado por Katrina, el sueño renacería en la China del siglo XXI y en una escala diez veces mayor.


Arte a la alza, edificios a la baja.

Sin embargo, el asombro por la transformación de China es fácilmente abatible en el trayecto del aeropuerto a la ciudad. El anodino paisaje flanqueado por feos edificios encerrados en complejos privados, no es sino el reflejo de la disparidad que hay entre ricos y pobres. Aunque la mayoría de esos edificios fueron construidos en el período previo a los Juegos Olímpicos, la mala calidad de la construcción los hace ver decadentes y viejos.

Esta es la otra cara, la de la China modernista: planificación de tabula rasa, del tipo de la que ensució el movimiento moderno en Europa y los Estados Unidos después de la guerra. De esta forma, el experimento arquitectónico Chino se ve invadido tanto por la promesa como por la miseria. Al parecer, ahí todo es posible, desde los utópicos triunfos de la imaginación hasta las despiadadas expresiones de desprecio por la vida humana.

Estas tensiones y contradicciones se codifican en el Teatro Nacional de Paul Andreu, ubicado justo al oeste de la Plaza de Tiananmen. Coronado por un domo elíptico de titanio y cristal, y rodeado por un espejo de agua, el complejo teatral se encuentra sobre la Avenida de la Paz Eterna, un largo corredor este-oeste que limita con la Puerta Tiananmen.

La avenida está rodeada por muchos de los hitos socialistas construídos para conmemorar el X aniversario de la revolución China: el Gran Salón del Pueblo de Beijing, la Estación del Tren y el Museo de la Revolución. El teatro es de los pocos monumentos culturales que se han agregado a este centro histórico después del Mausoleo de Mao construído frente al Palacio Prohibido hace ya tres décadas.

Recientemente en Beijing, Paul Andreu describió este lugar como un lugar -abierto para los ciudadanos comunes-. -Este es un lugar muy tranquilo-, dijo. -Es un espacio que no se toca. No quería eliminar el misterio. Llegas a través de los árboles que están a la orilla del agua. Pero también puedes atravesarlo. Quería que la gente comprendiera que esto es para ellos-.

Sin embargo, el diseño simétrico y la monolítica escala incitan otras interpretaciones. El aislamiento impuesto por el espejo de agua que lo rodea se refuerza con la disposición del acceso: los visitantes tienen que bajar una gran escalera que penetra el terreno antes de pasar por debajo del espejo de agua para volver a salir en la bóveda cavernosa. Es como si el teatro se conectara con la ciudad a través de un gigantesco cordón umbilical.

El pasaje de acceso sugiere aún más inquietantes comparaciones. Yan Meng, un arquitecto chino, que creció en Pekín después de la Revolución Cultural, me comentó que en las décadas de 1970 y 80 la plaza de Tiananmen fue en muchos sentidos el corazón social de la ciudad. -Había mucho menos coches, era más accesible-, dijo una tarde que conducíamos a través de la plaza. -Se podía ver gente jugando a las cartas y volando cometas-.

Después de las protestas y de la violenta represión del gobierno en la plaza de Tiananmen en 1989, se añadieron barreras peatonales alrededor de la plaza. Hoy día, sólo se puede acceder a ella a través de pasajes custodiados por las fuerzas de seguridad; una experiencia más sombría que intimidante. En cuanto uno sale hacia la plaza se siente dentro de una zona turística; los chinos están ahí principalmente para comprar y vender souvenirs baratos.

Yan mencionó que el enorme acceso del Teatro Nacional es el eco de la represión del pueblo después de la masacre de 1989. -Ésta ya no le pertenece a nadie- dijo acerca de la plaza. -Se trata de control-.


Se hace lo que se puede.

Pero algunos de los más imponentes símbolos arquitectónicos de la creciente China reflejan de forma más clara lo que podría acontecer en un futuro. En su mayoría conscientes de experimentar los límites de lo posible

El Estadio Olímpico y el Centro Nacional de Natación se encuentran 10 millas al norte del centro de la ciudad a lo largo del antiguo eje ceremonial, colocándose al mismo nivel de importancia de la Ciudad Prohibida y del Mausoleo de Mao. De los dos, el estadio de Jacques Herzog y Pierre de Meuron es el símbolo de los Juegos más fotografiado y reconocible.



Su gran forma elíptica está envuelta por una densa celosía de barras de acero. Las columnas se tuercen y doblan conforme se elevan; son percibidas como una gigantesca escultura pública. El aspecto exterior sugiere que se contraen para contener la actividad interior. Esa intensidad extrañamente se magnifica cuando el edificio se encuentra vacío, es como si temblara en espera de un evento masivo.

Sin embargo, el conflicto sobre el futuro del estadio resalta las tensiones que hay en relación a la manera como se definirá la nueva China. El estadio está en el centro de un extenso parque, rodeado por ordenadas filas de torres de vivienda. Después de los Juegos, Herzog y De Meuron esperan transformar el edificio en un gran foro público y una referencia visual para la comunidad.

El gobierno prefiere construir una valla alrededor de él, lo que eliminaría al parque como espacio abierto, que es una de sus características más atractivas. Un promotor local ha propuesto la creación de un centro comercial subterráneo en uno de los extremos de la estructura, debilitando aún más la esencia pública del diseño.

-El edificio está hecho para ser abierto-, dijo Herzog. -Es una escultura pública-. Aún así, el arquitecto lo único que puede hacer es presionar por la flexibilidad. -Así si ponen una valla, pueden retirarla de nuevo en el futuro, dijo con optimismo.

Rem Koolhaas enfrenta conflictos similares en el Centro para la Televisión China, la televisora estatal, ubicada varias millas al sur de Beijing en el nuevo distrito de negocios. Largas gestiones se han desarrollado en cuanto al acceso del público al edificio: al arquitecto le angustia, el hecho de que los directivos del Centro han amenazado con cerrar dos vías públicas que atraviesan el sitio. La enorme plaza también será restringida a los empleados de la empresa.



A un año de su conclusión, el edificio para la Televisión China ya ha atraído la atención mundial y ha generado mucha controversia. Algunos han condenado a Koolhaas por haber aceptado este encargo, pues comparan su participación con el concurso de 1931-33 para el Palacio de los Soviets de la Rusia estalinista. El argumento es esencialmente que su diseño es un monumento para la gran maquinaria propagandística.

Pero el proyecto es un formidable cuestionamiento para nuestras expectativas de lo que un edificio monumental debe ser. Al igual que Herzog y De Meuron, Koolhaas es parte de una generación de arquitectos, que se encuentran a finales de sus 50 años y principian los 60, cuyos principios se basaban en la oposición a la opresión de la pureza formal propuesta por el Modernismo. Ellos diseñaron estructuras asimétricas para romper la escala monolítica del movimiento moderno y le abrieron paso a los inadaptados y marginados. El problema que enfrentan ahora es cómo ajustar ese lenguaje para los clientes que incluyen gobiernos autoritarios y empresas trasnacionales.

En su diseño para la sede de la Televisión China, Koolhaas optó por eliminar desde el exterior cualquier rastro de la escala humana. No hay ventanas convencionales, tampoco hay una lectura clara de dónde comienzan y terminan los pisos. Las formas distorsionan completamente la perspectiva del edificio y desde algunos puntos parece que aplasta y cae sobre los otros.

Como resultado de ello es casi imposible tener una idea de la escala del edificio. Visto desde las torres de cristal y acero que se encuentran alrededor, en ocasiones se encoge al tamaño del juguete de un niño. Desde otros ángulos, parece estar bajo una enorme tensión, como si luchara por sostener el enorme peso de los pisos volados que se encuentran arriba.

Esto no es sólo un juego. Koolhaas ha representado la elasticidad de la nueva cultura global, y en el proceso ha explorado las vías de la arquitectura para establecer la brecha entre la escala íntima de la vida individual y la aglomeración de la sociedad de masas. La imagen de autoridad que transmite es acentuadamente ambigua. En algunos momentos tímido y en otros retraído, las inestables formas dicen más de las ansiedades colectivas que del poder centralizado.

Koolhaas ha labrado un amplio espacio para los lugares de intercambio social. El interior del edificio se ha concebido como un bucle infinito de actividades públicas, con cafés, miradores y galerías cubiertas que se extienden a través de una de las piernas de la estructura y bajan a través de otra, desde donde se conectan con el metro en un nivel subterráneo.

El arquitecto considera la línea divisoria entre la esfera pública y la privada como un campo de batalla que se desplaza y ajusta conforme las normas sociales se transforman. Por ahora, sin embargo, no será el arquitecto quien determine el grado de apertura del Centro para la Televisión China sino el gobierno y el consejo directivo.

Queda por ver si esto se llevará a cabo. Durante siglos, los arquitectos han aspirado a crear edificios que iluminen o transformen la civilización, sólo para verlos como esplendores aislados, con escasa repercusión en la sociedad en general. Ese podría ser también el caso de China.



Pero no hay duda de que su función de gran laboratorio para las ideas de arquitectura se mantendrá durante los próximos años. Uno se pregunta en qué momento Occidente se pondrá al día.



Por: Nicolai Oroussoff [New York Times]

Traducción: Valentina Olmedo [www.arq.com.mx]


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Edificio para la Televisión China. Arq. Rem Koolhaas [OMA].

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La terminal aérea de Beijing cuenta con una amplia explanada que evoca el glamour de los viajes aereos, al mismo tiempo que incluye un sorpendente y reservado espacio interior.

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Su gran forma elíptica está envuelta por una densa celosía de barras de acero. Las columnas se tuercen y doblan conforme se elevan; son percibidas como una gigantesca escultura pública.

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Edificio para la Televisión China. Arq. Rem Koolhaas [OMA].

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Teatro Nacional de China. Arq. Paul Andreu.

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